El fugitivo

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Tiene gracia…  Él me hizo grave y taciturno, triste y huidizo. Añadió a mi desgracia este perfil curvo de águila al acecho, este pelo de rastrojos quemados, la piel hervida de manchas, el cuerpo contrahecho… Tiene gracia. Él me hizo agricultor: tantos años aquejado de soles y de fríos, mis manos hace tiempo que adoptaron el color de la tierra y su misma aspereza huraña. Los lomos insensibles como el del asno por doblegarme ante la tiranía del suelo. Tiene gracia. Al otro lo hizo apuesto y feliz, de corazón complacido, con unos hermosos ojos para acariciar los astros, un hermoso pelo, una hermosa piel, una  hermosa y plácida existencia  llena de bienes y de dicha. Y lo dejó a mi lado, muy cerca, para que yo lo viera. Lo bendijo con un oficio dulce para disfrutar de los días sentado, midiendo horizontes con la mirada y aprender canciones mientras el ganado pasta su pereza… Tiene gracia. Al otro lo hizo bello y grácil y su vida era fácil y segura, la mía es dura y soy deforme y acre… Tiene gracia. Para colmo, él aceptó las ofrendas del otro como un regalo tierno, pero escupía las mías como un insulto o un plato mal condimentado. Tiene gracia.

Tiene gracia, que Él designara todo mi mal, que desde el origen dictara al otro bendito y maldito a mí. Tiene gracia, que, después de sufrir Su injusticia, ahora me condene, por asesino y envidioso, a una huida sin fin.

Tiene gracia…

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