Yo me entiendo
Yo me entiendo, menos mal. Porque no hay nadie más que lo haga. Nadie sabe hasta qué punto estoy cansada. Cansada de aceptar lo inaceptable, de parir sinsabores como esta primavera vociferante pare colores y rabia. Tengo las madrugadas podridas de labios, labios por todas partes, me cercan y me oprimen, me salan los miembros, me alzan los pezones, me enseñan de nuevo el arte de esperar y, sin embargo, no están. Al demonio …
No sé hasta dónde podré aguantar este recorte del instinto. Poner mordazas a lo natural se me dio siempre de ilustre madre, pero no sé revestirme las ganas de granito para imitar la traza de las estatuas para siempre (oh, sí, quién fuera una jodida estatua, vencer cagada de palomas al tiempo y sus desmanes).
Yo me entiendo. Y menos mal, porque no hay en todo este puñetero mundo un sólo ser que me entienda. Debería ser mi propia amiga. Sólo me tengo a mí. A mí y a lo seres queridos, pero esos no cuentan a la hora de compartir conmigo la ardua tarea de entenderme. A mí y un millar de noches para soportarme.
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